El fin de la socialdemocracia | Artículo de Opinión por @dariveg

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El siglo pasado ha sido (quizá junto al siglo XIII)  uno de los siglos más sangrientos de toda la civilización humana. Dos guerras mundiales, numerosas guerras civiles y, sobre todo, el surgimiento de diversos regímenes totalitarios, todos ellos con un sustrato común, el colectivismo.

La idea de colectivismo (y no al revés) dio lugar al fascismo en Italia, al nacionalsocialismo en Alemania y al comunismo en Rusia. Tres formas diferentes de gobernar de manera totalitaria, pero todas ellas precedidas por sociedades caracterizadas por un vacío interior que posterga a la libertad del ser humano, al propio ser humano en esencia, al ostracismo más absoluto y, por lo tanto, abocadas al colectivismo.

Aquellos colectivismos llegaron a su máxima expresión  por medio de dictaduras (todavía hoy vemos algunas) puras y duras; la represión (en caso de disidencia) era física, las órdenes meridianamente claras y la escala jerárquica estaba perfectamente definida, siendo el dictador el principio y el fin de todas ellas.

Hubo autores que, tras la primera Guerra Mundial y el triunfo de la revolución bolchevique en Rusia, intuyeron que el rumbo que tomaba Europa conduciría de manera irremisible a dichos totalitarismos. Tenemos como ejemplos a  José Ortega y Gasset (La rebelión de las masas, 1929) y a  Aldous Huxley (Un mundo feliz, 1932), quienes desde su perspectiva personal y filosófica aventuraron un declive del individuo, de la libertad y, en definitiva, del ser humano. Vemos con tristeza que no se equivocaban. La sociedad europea, lejos de escuchar a sus lúcidos coetáneos, desembocó en una segunda guerra que finalizaría con el advenimiento de la tan “deseada” socialdemocracia.

Otros autores, durante la propia segunda Guerra Mundial o con inmediata posterioridad, también vaticinaron un escenario en el cual el ser humano quedara reducido, en el sentido más radical, a la mínima expresión en favor de un supuesto interés general, ya fuera por medio de dictaduras “tradicionales” u otras “de nuevo cuño”, ambas con el mismo fin pero con diferentes medios. Así encontramos a Friedrich Hayek (Camino de servidumbre, 1944), George Orwel (Rebelión en la granja, 1945), Giuseppe Capograssi  ( El individuo sin individualidad, 1953), el genial dramaturgo de origen rumano Eugène Ionesco (El rinoceronte, 1959) y el matemático ruso Aleksandr Solzhenitsyn (El archipiélago gulag, editado en 1973), quién sufrió en sus propias carnes la represión del régimen totalitario comunista.

Tras la segunda Guerra Mundial occidente quedó, como he dicho más arriba, embriagado por la socialdemocracia, una especie de arcadia en la que se vivió de forma libre, democrática y, aparentemente, alejado de las profecías catastrofistas de tantos y tantos autores que auguraban una deshumanización y, por lo tanto, una entrega del ser humano, de su identidad y de su espiritualidad (otrora intransferibles) en los brazos de un control de masas.

Pero solo aparentemente. La socialdemocracia ha cumplido con todos los cánones de los anteriores planteamientos planificadores. Ha compartimentado a la sociedad en colectivos, atribuyéndose la potestad de elegir sus intereses. Ha encontrado en los medios de comunicación el altavoz que haga creer que dichos intereses son los adecuados. Ha aumentado los impuestos para satisfacer esos supuestos intereses. Ha difuminado la separación de poderes. Ha creado un tejido laboral dependiente del Estado. Y, sobre todo, ha inoculado en la mente de la gente el pensamiento de que toda esta injerencia estatal es necesaria para que las personas podamos abandonarnos al completo disfrute.

Si la caída del muro de Berlín (1989) escenificó el fracaso del comunismo, el comienzo de este siglo debe servir para apuntillar a la socialdemocracia que adocena de tal manera al ser humano, que le impide ser completamente libre. Libertad que se basa en el estado de derecho con separación real de poderes, la igualdad ante la ley y la salvaguarda de la propiedad privada.

Como dijo Cervantes por boca de Don Quijote: “ La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad así como por la honra se puede y debe aventurar la vida…”

Eso es, ni más ni menos, lo que está en juego.

                                                              Daniel Arias Vegas
                                                              Vicesecretario de Presidencia de Vox en Toledo